Doce lecciones para recorrer, de corrido, toda la historia del Antiguo Testamento: de la creación al exilio, y la promesa de un Mesías que queda abierta al final. Ideal si ya hiciste ‘Fundamentos de la fe’ y quieres ver cómo encaja todo el Antiguo Testamento en una sola línea.
Antes de recorrer libro por libro, necesitamos un mapa: una forma de leer el Antiguo Testamento que no lo trate como 39 libros sueltos, sino como una sola trama.
Génesis 1 y 2 no son solo el relato de cómo empezó el universo. Son la descripción del orden, el propósito y la bondad con que Dios diseñó todo, incluyendo a nosotros.
De Génesis 3 a Génesis 11, el pecado se extiende como una mancha: de una pareja a una familia, de una familia a toda la humanidad. Y sin embargo, la gracia de Dios no desaparece.
Con Abraham, Dios empieza a construir su plan de rescate a través de una sola familia. Aquí aparecen, por primera vez juntos, los tres elementos que recorrerán todo el Antiguo Testamento: tierra, descendencia y bendición.
La historia de José (Génesis 37-50) parece, a primera vista, un relato aparte. Pero es la bisagra que lleva a la familia de la promesa de Canaán a Egipto, preparando el escenario del éxodo.
Cuatrocientos años después de José, la familia de Jacob se ha convertido en una nación esclavizada. El éxodo es la historia de cómo Dios la rescata y la constituye como su propio pueblo.
Después del Sinaí, buena parte de Éxodo, todo Levítico y parte de Números se dedican a un solo tema: cómo un Dios santo puede habitar en medio de un pueblo que no lo es.
Entre el Sinaí y la tierra prometida hay un trayecto de apenas semanas... que termina tomando cuarenta años, por una razón muy concreta: la incredulidad.
Sin un rey ni un liderazgo estable, Israel entra en un ciclo agotador de infidelidad, opresión y rescate, que se repite una y otra vez a lo largo del libro de Jueces.
Israel finalmente tiene rey. Pero el primero, Saúl, fracasa por desobediencia. Con David, Dios establece un pacto que sostendrá la esperanza de Israel durante los siguientes mil años.
Tras Salomón, el reino se parte en dos. Lo que sigue es una larga y dolorosa espiral de idolatría y decadencia, mientras Dios envía profeta tras profeta para llamar al pueblo de vuelta.
El Antiguo Testamento no termina con una solución completa, sino con una promesa que permanece abierta. Esta última lección cierra la línea del Antiguo Testamento, apuntando hacia el Mesías prometido.