Al abrir Éxodo, un nuevo faranó ‘que no conocía a José’ (Éxodo 1:8) ve con temor el crecimiento del pueblo hebreo y lo somete a esclavitud dura, incluyendo la orden de matar a los niños varón recién nacidos (Éxodo 1:15-16,22). En medio de ese peligro nace Moisés, salvado de forma providencial y criado, sorprendentemente, en la misma casa real que buscaba eliminarlo (Éxodo 2:1-10).
Después de huir tras matar a un egipcio, Moisés pasa décadas como pastor en el desierto, hasta que Dios se le aparece en una zarza que arde sin consumirse y lo llama a liberar a su pueblo (Éxodo 3:1-10).
“Y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad, cuando hiera la tierra de Egipto.”
Éxodo 12:13Faranó se niega repetidamente a dejar salir al pueblo, y Dios responde con una serie de nueve plagas que desafían, una por una, a los dioses de Egipto, mostrando quién gobierna realmente la naturaleza (Éxodo 7-10). La décima y última es la más grave: la muerte del primogénito en cada casa.
Para las familias hebreas hay una vía de escape: sacrificar un cordero sin defecto y untar su sangre en los dinteles de la puerta; la muerte ‘pasará de largo’ sobre esas casas (Éxodo 12:13). Esta noche, la Pascua, se convierte en la fiesta central del calendario de Israel, y en una de las imágenes más citadas después por el Nuevo Testamento para describir a Jesús como ‘nuestra pascua’ (1 Corintios 5:7).
Faranó finalmente deja salir al pueblo, pero cambia de opinión y los persigue hasta el mar Rojo. Ahí, Dios abre un camino en medio de las aguas para que Israel cruce en seco, y después cierra el mar sobre el ejército egipcio (Éxodo 14:21-28). Es el acto de rescate más recordado de todo el Antiguo Testamento; los profetas volverán a él una y otra vez como prueba del poder y la fidelidad de Dios.
Pero el éxodo no termina en la liberación misma. Israel no es rescatado únicamente ‘de’ algo —la esclavitud— sino ‘para’ algo: una relación de pacto con Dios.
En Éxodo 19, Dios lleva al pueblo al monte Sinaí y les propone un pacto: ‘Si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos... y me seréis un reino de sacerdotes’ (Éxodo 19:5-6). El pueblo acepta, y Dios entrega los Diez Mandamientos y una serie de leyes que ordenan su vida en común (Éxodo 20).
Este pacto no es un contrato comercial ni una lista de reglas sin sentido; es la forma en que un pueblo rescatado por gracia aprende a vivir como pertenece a un Dios santo. El éxodo establece el patrón que se repetirá después en el evangelio: primero el rescate, después la obediencia como respuesta agradecida, no como condición para ganarse el rescate.