José, el hijo favorito de Jacob (nieto de Abraham), es vendido como esclavo por sus propios hermanos, movidos por celos (Génesis 37:23-28). Termina en Egipto, lejos de su familia y de la tierra prometida, en la posición más baja posible para alguien de su origen.
Lo que sigue es una serie de reveses: es acusado falsamente y encarcelado (Génesis 39:20), a pesar de haber actuado con integridad. Desde una perspectiva puramente humana, la historia de José hasta este punto es una historia de injusticia acumulada.
“Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.”
Génesis 50:20Y sin embargo, el relato repite una frase clave: ‘Jehová estaba con José’ (Génesis 39:2,21,23). Ninguno de los sucesos parece, a simple vista, obra de Dios; no hay milagros espectaculares en esta historia. Pero la narración deja claro que ninguno de esos giros escapa de su control.
Con el tiempo, la capacidad de José para interpretar sueños lo lleva, sorprendentemente, a convertirse en el segundo hombre más poderoso de Egipto, encargado de administrar una hambruna que afectará a toda la región (Génesis 41:39-41).
Años después, sus hermanos —los mismos que lo vendieron— llegan a Egipto buscando alimento, sin reconocerlo. Cuando finalmente José se revela, en vez de venganza, llora y los perdona (Génesis 45:1-4). Su explicación resume toda la historia: ‘Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo’ (Génesis 50:20).
Esta frase es una de las declaraciones más claras de todo el Antiguo Testamento sobre cómo Dios puede usar el mal que otros hacen, sin justificarlo ni causarlo él mismo, para cumplir sus propios propósitos de bien.
Gracias a José, toda la familia de Jacob —setenta personas— se instala en Egipto, en la región de Gosén (Génesis 46:27; 47:6). Lo que empieza como una familia se convertirá, con los siglos, en una nación numerosa, tal como Dios había prometido a Abraham.
Pero Egipto también se convertirá en el lugar de la esclavitud. La historia de José no cierra el capítulo de la promesa; lo traslada a un nuevo escenario, preparando el terreno para el éxodo, que veremos en la próxima lección.