El libro de Jueces sigue un patrón que se repite al menos siete veces: Israel abandona a Dios y sirve a otros dioses; Dios permite que un pueblo enemigo los oprima; el pueblo clama a Dios; Dios levanta un ‘juez’ —un liberador militar o líder— que los rescata; y, tras un tiempo de paz, el ciclo vuelve a empezar (Jueces 2:11-19).
El libro termina con una frase que resume todo el periodo, y que suena casi como una acusación: ‘En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía’ (Jueces 21:25).
“En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía.”
Jueces 21:25Los jueces mismos —Ge deón, Sansón, Débora, entre otros— están lejos de ser modelos intachables. Ge deón duda repetidamente antes de confiar en Dios (Jueces 6:36-40); Sansón es impulsivo y termina destruido por sus propias debilidades (Jueces 16). Y sin embargo, Dios sigue usando a personas imperfectas para rescatar a su pueblo, una y otra vez.
Esto ya empieza a mostrar algo que se confirmará en el resto de la Biblia: el rescate de Dios nunca dependió de la calidad moral de sus líderes humanos, sino de su propia fidelidad al pacto.
El libro de Rut se sitúa en este mismo periodo turbulento, pero cuenta una historia distinta: la de una mujer moabita —extranjera, fuera del pueblo de Israel— que elige permanecer fiel a su suegra israelita, Noemí, y a su Dios: ‘Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios, mi Dios’ (Rut 1:16).
Rut termina casándose con Booz, un pariente de Noemí, y su descendencia lleva directamente a alguien clave: ‘Obed engendró a Isaí, e Isaí engendró a David’ (Rut 4:21-22). En medio del caos de los jueces, Dios está preparando, en silencio, el linaje del futuro rey.
El periodo de los jueces deja claro que un pueblo sin liderazgo estable, gobernado únicamente por lo que ‘le parece bien’ a cada quien, termina en caos moral y espiritual. El propio libro parece señalar, entre líneas, la necesidad de algo más: un rey que guíe al pueblo conforme al pacto.
Esa necesidad se resolverá, aunque de forma imperfecta al principio, en el próximo tramo de la historia: el establecimiento de la monarquía con Saúl y, después, con David.