El Antiguo Testamento reúne 39 libros escritos a lo largo de más de mil años, por decenas de autores distintos, en varios géneros: relato histórico, poesía, ley, profecía, sabiduría. Es fácil leerlo como una colección de fragmentos sin conexión.
Pero la forma en que Jesús y los apóstoles lo citan sugiere otra cosa: lo tratan como una sola historia en desarrollo, con un principio, una tensión central y una dirección. En este curso vamos a recorrerla en ese orden: como una línea, no como un estante de libros sueltos.
“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.”
Lucas 24:27Casi toda la trama del Antiguo Testamento se mueve según un mismo patrón. Dios hace una promesa. Establece un pacto —un compromiso solemne y mutuo— para sostenerla. El pueblo, una y otra vez, no logra sostener su parte. Y sin embargo, Dios permanece fiel a la suya, y la promesa avanza, aunque de forma incompleta.
Verás este patrón con Adán, con Noé, con Abraham, con Israel en el Sinaí, y con David. Cada pacto deja una pregunta abierta: ¿quién podrá finalmente cumplir lo que el pueblo no pudo?
Otro hilo que conviene identificar desde ahora son tres elementos que reaparecen constantemente: una tierra prometida, una descendencia (un pueblo, y después una línea real específica) y una bendición que alcanza más allá de Israel, a ‘todas las familias de la tierra’ (Génesis 12:3).
Estos tres elementos aparecen ya en la promesa a Abraham en la lección 4, y no desaparecen después: reaparecen, se complican, se pierden y se recuperan a lo largo de todo el Antiguo Testamento.
Como vimos en el curso ‘Fundamentos de la fe’, Jesús mismo enseñó que las Escrituras hebreas —la ley, los profetas y los salmos— hablaban de él (Lucas 24:27,44). Eso no significa forzar a Cristo en cada versículo, sino algo más sencillo: leer el Antiguo Testamento sabiendo hacia dónde se dirige la línea, sin adelantarnos innecesariamente a cada paso del camino.
Con este mapa en mente, empecemos por el principio: no con Abraham ni con Moisés, sino con el mundo mismo, tal como Dios lo diseñó.