Salomón, hijo de David, reina con gran sabiduría y riqueza, y construye el templo que su padre no pudo (1 Reyes 6), pero termina su vida desviado por sus muchas esposas extranjeras hacia la idolatría (1 Reyes 11:4-6). Tras su muerte, el reino se fractura: diez tribus del norte forman el reino de Israel, y las tribus del sur permanecen leales a la casa de David como el reino de Judá (1 Reyes 12).
A partir de aquí, 1 y 2 Reyes narran la historia de ambos reinos en paralelo, con un patrón que se repite con pocas excepciones: rey tras rey ‘hizo lo malo ante los ojos de Jehová’.
“He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto... Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón.”
Jeremías 31:31,33Ninguno de los reyes del reino del norte es descrito como fiel a Dios; la idolatría se instala desde el primer rey, Jeroboán, quien establece cultos alternativos para evitar que el pueblo regrese a adorar en Jerusalén (1 Reyes 12:28-30). Con el tiempo, esta infidelidad lleva a su caída: en el año 722 a.C., el imperio asirio conquista el reino del norte y dispersa a su población (2 Reyes 17:6-18).
El texto bíblico es explícito sobre la causa: ‘Esto fue porque los hijos de Israel habían pecado contra Jehová su Dios... y habían andado en los estatutos de las naciones’ (2 Reyes 17:7-8).
Judá, el reino del sur, tiene algunos reyes reconocidos por su fidelidad, como Ezequías y Josías, quienes llevan adelante reformas religiosas significativas (2 Reyes 18:3-6; 23:1-25). Pero estas reformas no logran revertir la tendencia general del pueblo, y Judá finalmente cae ante el imperio babilónico en el año 586 a.C., con la destrucción del templo de Salomón incluida (2 Reyes 25:8-10).
Cuatro siglos después de que David recibiera la promesa de un trono eterno, ese mismo trono parece haber desaparecido por completo.
A lo largo de todo este periodo, Dios envía profetas —Elías, Eleús, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseás, Amos y muchos más— con un doble mensaje: una advertencia urgente de juicio si el pueblo no se vuelve a Dios, y una promesa persistente de restauración futura. Amos denuncia la injusticia social junto con la idolatría (Amos 5:21-24); Oseás compara la infidelidad de Israel con un matrimonio roto, pero aún así amado (Oseás 3:1).
Y en medio del juicio más severo, la voz profética nunca deja de apuntar hacia adelante. Jeremías, escribiendo mientras Jerusalén cae, anuncia un ‘nuevo pacto’ que Dios hará con su pueblo, distinto al del Sinaí, en el que la ley ya no estará solo escrita en piedra, sino en el corazón (Jeremías 31:31-33). El juicio no es la última palabra.