Génesis 12 empieza con una orden sorprendente: ‘Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré’ (Génesis 12:1). Abraham, ya anciano, no recibe un mapa detallado; recibe una promesa y la instrucción de confiar.
Junto con la orden viene la promesa: Dios hará de él una gran nación, bendecirá su nombre, y —esto es clave— ‘serán benditas en ti todas las familias de la tierra’ (Génesis 12:2-3). El llamado de Abraham nunca fue solo para él: desde el inicio, apunta más allá de su propia familia.
“Y creyó Abraham a Jehová, y le fue contado por justicia.”
Génesis 15:6En Génesis 15, Dios formaliza la promesa con un pacto. En la costumbre de la época, dos partes que hacían un pacto pasaban juntas entre los animales partidos en dos, como diciendo: ‘que me pase esto si rompo mi palabra’. Pero aquí sucede algo distinto: mientras Abraham duerme, solo un símbolo de la presencia de Dios —una antorcha de fuego— pasa entre los animales (Génesis 15:17).
Dios asume solo el compromiso del pacto. La promesa no depende, en el fondo, de que Abraham la cumpla perfectamente, sino de la fidelidad de Dios mismo. ‘Y creyó Abraham a Jehová, y le fue contado por justicia’ (Génesis 15:6): un versículo que el Nuevo Testamento retomará después para hablar de cómo cualquier persona es declarada justa delante de Dios.
En Génesis 17, la circuncisión se establece como señal física de este pacto para Abraham y su descendencia. Pero cuando Dios le anuncia que él y su esposa Sara, ya muy ancianos, tendrán un hijo propio, la respuesta de Abraham —y después la de Sara— es la risa de quien no puede creerlo (Génesis 17:17; 18:12).
Aun así, Isaac nace en el tiempo señalado (Génesis 21:1-3). El nacimiento mismo es ya una lección: la promesa de Dios no depende de las capacidades humanas, sino de su poder para cumplir lo que promete, incluso contra toda probabilidad natural.
En Génesis 22, Dios pide a Abraham lo impensable: ofrecer a Isaac, el hijo de la promesa, en sacrificio. Abraham obedece, confiando —según explica después el Nuevo Testamento— en que Dios era poderoso para resucitarlo si era necesario (Hebreos 11:19). En el último momento, Dios detiene su mano y provee un carnero en su lugar (Génesis 22:12-13).
Los lectores del Nuevo Testamento no pueden evitar ver aquí un anticipo: un padre dispuesto a entregar a su único hijo, y un sustituto que muere en su lugar, en el mismo monte donde siglos después se levantaría Jerusalén. La historia de Abraham no termina en Abraham; sigue abriendo camino hacia algo más grande.