Después de la última cena, Jesús va con sus discípulos a un huerto llamado Get semaní, donde su angustia se vuelve visible: ‘Mi alma está muy triste, hasta la muerte’ (Mateo 26:38). Ora con tal intensidad que Lucas, médico de profesión, describe su sudor ‘como grandes gotas de sangre’ (Lucas 22:44).
Su oración muestra tanto la realidad de su lucha humana como su sumisión final: ‘Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú’ (Mateo 26:39). Poco después, Judas, uno de sus doce discípulos, llega con una turba armada y lo entrega con un beso (Mateo 26:47-49).
“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.”
Mateo 26:39Jesús es llevado ante el sumo sacerdote y el Sanedrín, donde testigos falsos no logran ponerse de acuerdo, hasta que el sumo sacerdote le pregunta directamente si es el Cristo, el Hijo de Dios. Cuando Jesús responde afirmativamente, lo condenan por blasfemia (Mateo 26:59-66).
Llevado después ante Poncio Pilato, el gobernador romano, este no encuentra delito alguno en él (Lucas 23:4), pero cede finalmente a la presión de la multitud, que prefiere liberar a un criminal llamado Barrabás antes que a Jesús (Mateo 27:20-26). Pedro, que había confesado con tanta convicción quién era Jesús, lo niega tres veces esa misma noche, por miedo (Mateo 26:69-75).
Después de ser azotado y burlado, Jesús es llevado a un lugar llamado Gólgota y crucificado junto a dos criminales (Mateo 27:33-38). Desde la cruz, entre otras palabras, pide perdón para quienes lo ejecutan (Lucas 23:34), promete el paraíso a uno de los criminales que se vuelve a él con fe (Lucas 23:42-43), y finalmente clama: ‘Consumado es’ (Juan 19:30), antes de morir.
Los Evangelios registran señales que acompañan su muerte: oscuridad sobre toda la tierra, y el velo del templo —la cortina que separaba el Lugar Santísimo, estudiada en la lección 7 del curso anterior— se rasga en dos, de arriba abajo (Mateo 27:45,51). La barrera que mantenía distancia entre Dios y su pueblo queda, simbólicamente, abierta.
Un miembro respetado del concilio judío, José de Arimatea, pide el cuerpo de Jesús, lo envuelve en lino limpio y lo coloca en un sepulcro nuevo, tallado en roca, sellando la entrada con una gran piedra (Mateo 27:57-60). Un grupo de soldados es puesto para vigilar la tumba, por petición de los líderes religiosos, que recordaban las palabras de Jesús sobre resucitar al tercer día (Mateo 27:62-66).
El sábado que sigue es un día de silencio y aparente derrota: el maestro está muerto, los discípulos están dispersos y atemorizados, y todo lo que se había esperado de él parece haber terminado en una tumba sellada. La próxima lección empieza justo ahí, en ese silencio, la mañana siguiente.