Al amanecer del primer día de la semana, un grupo de mujeres llega al sepulcro con especias para el cuerpo de Jesús, y lo encuentran vacío, con la piedra removida (Mateo 28:1-6; Juan 20:1). Un ángel les anuncia: ‘No está aquí, pues ha resucitado, como dijo’ (Mateo 28:6), recordándoles que Jesús mismo lo había anticipado varias veces durante su ministerio.
María Magdalena es la primera en encontrarse con Jesús resucitado, aunque al principio no lo reconoce, hasta que él la llama por su nombre (Juan 20:14-16). Es notable que, en una cultura donde el testimonio de las mujeres tenía poco peso legal, los cuatro Evangelios coincidan en que fueron ellas las primeras testigos: un detalle que hace poco probable que la historia haya sido inventada para sonar convincente en su propio contexto.
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones.”
Mateo 28:18-19Jesús se aparece después a dos discípulos en el camino a Emaús, explicándoles ‘en todas las Escrituras lo que de él decían’, tal como vimos al cerrar ‘Fundamentos de la fe’ (Lucas 24:13-27). Se aparece también a los discípulos reunidos, mostrándoles sus manos y su costado, e invitando a Tomás —que había dudado— a tocar sus heridas (Juan 20:24-28).
Pablo registrará después que Jesús se apareció, en distintos momentos, a más de quinientas personas (1 Corintios 15:6). No se trata de una visión privada o de un símbolo espiritual: los relatos insisten en un cuerpo real, que come, que puede ser tocado, aunque también transformado, capaz de atravesar puertas cerradas (Juan 20:19,26-27).
En uno de sus últimos encuentros con los discípulos, en un monte de Galilea, Jesús declara: ‘Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra’, y a partir de esa autoridad les da instrucciones claras: ‘Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado’ (Mateo 28:18-20).
Esta orden, conocida como la Gran Comisión, transforma el alcance de todo lo que hemos estudiado: la promesa hecha a Abraham de bendecir a ‘todas las familias de la tierra’ (curso anterior, lección 4) ahora se pone en marcha activamente, a través de sus discípulos, hacia todas las naciones.
Cuarenta días después de su resurrección, Jesús es llevado al cielo delante de sus discípulos, mientras dos ángeles les prometen que ‘este mismo Jesús... así vendrá como le habéis visto ir al cielo’ (Hechos 1:9-11). Antes de irse, les había prometido enviarles al Espíritu Santo, para que no quedaran solos en la tarea (Lucas 24:49; Hechos 1:8).
Así termina la vida terrenal de Jesús, tal como la registran los cuatro Evangelios: no con un final, sino con un envío. La historia que empezó en Génesis, atravesó la promesa a Abraham, el éxodo, el pacto con David y el exilio, y culminó en la cruz y la tumba vacía, ahora continúa a través de una comunidad de discípulos enviados al mundo entero —la historia que, en el libro de Hechos, veremos nacer como iglesia.