Cuando Jesús habla del ‘reino de Dios’, muchos de sus oyentes esperaban una restauración política inmediata de Israel, con un rey que expulsara a los romanos por la fuerza. Jesús enseña algo distinto: un reino que ya ha comenzado, de forma invisible y transformadora, en las personas y comunidades que se someten a Dios como rey, aunque su plenitud final aún está por llegar.
Esta tensión —un reino presente, pero todavía no completo— aparece en muchas de sus parábolas, como veremos en la próxima lección. Por ahora, basta notar que el reino de Dios no se impone con espadas, sino que se recibe con un cambio de corazón.
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”
Mateo 6:33El Sermón del Monte (Mateo 5-7) comienza con una serie de declaraciones sorprendentes conocidas como las bienaventuranzas: ‘Bienaventurados los pobres en espíritu... los que lloran... los mansos... los que tienen hambre y sed de justicia... los misericordiosos... los de limpio corazón... los pacificadores...’ (Mateo 5:3-9).
Ninguno de estos grupos sería considerado ‘exitoso’ según los valores comunes de poder, riqueza o estatus. Jesús invierte esos valores desde el principio: en su reino, la humildad y la dependencia de Dios importan más que la fuerza o el mérito propio.
A lo largo del sermón, Jesús retoma varios mandamientos de la ley y profundiza su alcance, mostrando que Dios no solo evalúa la conducta externa, sino el corazón de donde nace: no basta con no matar, si el corazón alberga ira desmedida (Mateo 5:21-22); no basta con no cometer adulterio, si el corazón alberga codicia (Mateo 5:27-28).
Esto no significa que Jesús anule la ley; él mismo dice: ‘No penséis que he venido para abrogar la ley... sino a cumplir’ (Mateo 5:17). Lo que hace es revelar la profundidad real de lo que la ley siempre exigió, más allá del cumplimiento superficial.
El sermón incluye enseñanzas exigentes: amar a los enemigos (Mateo 5:44), no acumular tesoros en la tierra (Mateo 6:19-21), no juzgar con dureza a otros (Mateo 7:1-2), y buscar primeramente el reino de Dios, confiando en su provisión (Mateo 6:33). Leído con honestidad, este estándar es imposible de alcanzar con esfuerzo humano perfecto.
Y quizá esa es parte de la intención: mostrar cuán lejos estamos del ideal de Dios, y cuánto necesitamos, no solo instrucción, sino transformación real. El sermón termina con una advertencia: no basta con oír estas palabras; hay que construir la vida sobre ellas, como sobre una roca (Mateo 7:24-27).