El Evangelio de Juan llama deliberadamente a los milagros de Jesús ‘señales’ (por ejemplo, Juan 2:11), una palabra que apunta más allá del acto mismo. Cuando Jesús convierte el agua en vino en unas bodas en Cana, o multiplica panes y peces para alimentar a miles, no está simplemente resolviendo un problema logístico: está mostrando que tiene autoridad sobre la creación misma.
Cuando calma una tormenta con una sola orden —‘Calla, enmud ece’— y el viento y el mar obedecen, sus discípulos reaccionan con la pregunta correcta: ‘¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?’ (Marcos 4:39-41). Los milagros existen, en buena parte, para responder esa pregunta.
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
Juan 11:25Muchos de los milagros son sanidades: ciegos que ven, cojos que caminan, leprosos que quedan limpios. En el contexto de la época, estas enfermedades no solo causaban sufrimiento físico, sino exclusión social; los leprosos, por ejemplo, vivían apartados de la comunidad. Cuando Jesús los sana, no solo restaura su cuerpo: los restaura a la comunidad (por ejemplo, Marcos 1:40-42).
En una ocasión, antes de sanar a un paralítico, Jesús le dice primero: ‘Tus pecados te son perdonados’, provocando la ind ignación de los líderes religiosos presentes, que reconocen que solo Dios puede perdonar pecados. Jesús entonces sana su cuerpo precisamente ‘para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados’ (Marcos 2:5-11): el milagro visible confirma la autoridad invisible.
El punto más alto de estas señales llega con la resurrección de Lázaro, un amigo cercano de Jesús que había muerto cuatro días antes. Antes de llamarlo fuera de la tumba, Jesús declara: ‘Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá’ (Juan 11:25).
Este milagro, el último y más dramático registrado antes de la propia muerte de Jesús, anticipa directamente lo que estudiaremos en la lección 10: su propia resurrección, y la promesa de vida que ofrece a quienes confían en él.
Es importante notar que no todos los que ven los milagros de Jesús terminan creyendo en él; algunos los atribuyen a poderes malignos (Mateo 12:24), y otros simplemente buscan más pan sin entender su significado (Juan 6:26). Los milagros no fuerzan la fe; la invitan.
Como señales, apuntan más allá de sí mismas hacia la identidad de Jesús, pero cada persona que los presencia —o que lee sobre ellos hoy— tiene que decidir qué hacer con lo que esas señales revelan.